martes, 3 de abril de 2012

Antonio Mingote: un dios de la Tierra, ya en el Cielo

                                                                              
Tuve la suerte y el honor de conocer a Antonio Mingote en 2007, aquí, en Asturias, en concreto, durante la entrega, en Ribadesella, de los 1º Premios de la Fundación Ribadesella Turismo impulsados por el entonces alcalde, el popular José Miranda.

Mingote es parte de la vida de muchos de nosotros.
En el ABC, en la radio, con Luis del Olmo, en algunas de sus elegidas entrevistas, Antonio Mingote era casi un inmortal con sus creaciones diarias, en la galería de personajes que decoran la infancia, adolescencia, juventud, madurez y vejez de todos los españoles.

Mi padre, Pablo (q.e.p.d.) me enseñaba e interpretaba, en mi infancia, las viñetas de Mingote, recogidas en el ABC.

Presenté el acto de la entrega de los premios que se celebró la noche del 26 de enero, en el Gran Hotel del Sella, y allí estaba Mingote, que había acudido como premiado, junto con su esposa Isabel Vigiola y aunque ya era tarde, a pesar de ser ya un señor de edad respetable, aguantó la velada estupendamente, hablando con todo el mundo que se acercaba a saludarle. Yo, lógicamente, fuí una de ellos y finalmente acabé tomando asiento a su lado, pues la conversación se convirtió en realmente fluída e interesante por ambas partes.

Antonio Mingote, como ya sabemos, falleció hoy a los 93 años a causa de un cáncer de hígado.
Su edad y su enfermedad ya avisaban que podría decirnos adiós en los próximos tiempos, pero como siempre ha estado ahí, trabajando, dibujando, ironizando delicada, pero certeramente, sobre las cosas de la vida, de la muerte, etc, etc, esa noticia nos pilló, a muchos, de sorpresa.

Aquel 27 de enero, Mingote y yo, los más madrugadores de todos los huéspedes, coincidimos en el salón del precioso hotel Villa Rosario, donde estábamos algunos de los invitados a la entrega de premios, para desayunar tranquilamente.

La mañana era brillante. Sol de enero, viento del Norte, frío y recio. La mar, espectacular. Y allí, en aquella sencilla, pero coqueta estancia, situada en un semisótano del hotel, yo compartí mesa con el estupendo creador de humor gráfico que había formado parte de mi formación mediática desde mi infancia.

Absolutamente encantador, se tomó frente a mí su desayuno, mientras intercambiábamos comentarios, y en algún caso, confidencias sobre los mundos sociales que nos rodeaban, que yo ya guardaré para siempre como un tesoro.

Suave en sus formas, de mirada sabia, serena, aunque con un toque agudo, Mingote reía, hablaba, callaba, disfrutando, al parecer, mientras, con el tiempo del que madruga, nos relajábamos con nuestro café y nuestras tostadas.

Cuando acabamos de desayunar ya comenzaban a llegar el resto de huéspedes e invitados, al salón, para, más tarde, acudir todos a lo que sería el acto central del día, celebrado en la Casa de la Cultura de Ribadesella y a la posterior inauguración de los murales que, en cerámica, inmortalizaban, con guión del historiador Toni Silva e ilustraciones del propio Mingote, la historia de la villa riosellana.

Bajo estas líneas, una foto de Javier Caso en La Voz de Asturias, donde se me puede ver, con mi inseparable libreta, tras el grupo que encabezaba la comitiva, con Mingote al frente, y tras él, el crítico gastronómico y amigo de ambos, José Manuel Vilabella.

                                                                                                                                   
La propia Princesa Letizia reiría, el día de la inauguración del Paseo que en Ribadesella lleva su nombre, en diciembre del mismo 2007, al ver representado a su marido, el príncipe Don Felipe, en una de las viñetas del Paseo de la Grúa, sin cabeza, en alusión a su alta estatura. Mingote prometió que, la próxima vez, se la pondría.

Mingote me invitó a dar un breve paseo matinal por el muro de la playa Santa Marina, antes de irnos al centro de la villa, pero como soplaba un fuerte y frío viento del mar y yo debía cerrar la maleta, y retocar algunos detalles, decliné con cariño la invitación que retomó sin dudar otro de sus acompañantes. Siempre lo lamenté.

Hoy me entero a media mañana que Mingote se ha ido para siempre. La imagen que me queda de él es de un genio algodonoso, blanco cabello, suave sonrisa, elegante e inteligente ironía y dulce acento entre castizo y aragonés.

Querido Mingote, si desde allí arriba puedes leerme y te acuerdas de mí, te mando un beso a la espera de que, cuando me toque, darte mi brazo para que, enganchados, nos vayamos, esa vez, sí, de paseo, por las nubes del mar del cielo.

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